domingo, 15 de marzo de 2015

El lenguaje de la cocina calentana

En cada ocasión que nos visita, mi madre, para reconfortarnos, trae consigo alimentos de nuestro pueblo. Como lo hacía mi abuela, mi madre atesora, para el viaje, estos alimentos en servilletas y los acomoda con delicadeza en canastos. 

En el caso de mi abuela ―de origen náhuatl y analfabeta, a quien le hubiera escandalizado las palabras “arte” y “decoración” en relación a la comida―, mucho de su carácter se evidenciaba en la rafia que usaba para envolver, sin adornos y con un nudo preciso, el canasto de comida que nos obsequiaba. Alguna vez mi abuela me mandó a matar a una gallina, me explicó cómo usar el dedo pulgar en el cuello y con la otra mano girar la cabeza del animal. Mi torpeza y compasión hicieron sufrir largo tiempo a la gallina. Mi abuela me disculpó porque yo vivía en la ciudad. Eso, para ella, era razón suficiente para ser chambón. Me quitó la gallina y con un solo golpe del dedo pulgar la desnucó. Pero yo, con aquella muerte prolongada, le había quitado dignidad a la gallina, y de paso le arrebaté los años sencillos y apacibles en el patio, lleno de maíz que mi abuela regaba con el doblado y adonde atraía a
la gallina con un dulce cuchicheo. 
Decía “nance” en vez nanche, “sandilla” en vez de sandía, “cirgüela” en vez de ciruela, de lo cual sus hijos se admiraban y la corregían, pero yo captaba, en su timbre, la evocación y el cariño por la fruta, y la relación íntima y respetuosa con los árboles que todavía habitan su casa. Esa misma inventiva y riesgos del lenguaje, eran naturales en su cocina: incluso en tiempos de pobreza aportaba dignidad a la mesa, porque sabía que tenía un jardín con pinzanes a la mano, y hojas de plátano para barnizarlas de ceniza y preparar tamales nejos. Sabía también que el final de la época de lluvias, cuando todavía apetece el cielo de nublado, habría camaguas (toqueres).
Autor: Roberto Bernal