miércoles, 15 de mayo de 2013

Recuerdos de la infancia, maestros que dejan huella.


Hoy voy a referirme a esos maestros y maestras que dejan huella, que motivan el desarrollo de las propias habilidades, despiertan la sed de conocimiento, incluyendo el personal y lo hacen reconociendo las amplias posibilidades de crecimiento en sus alumnos, detectando a través de una paciente y aguda observación, el talento particular de cada uno; así es, hoy recordaré a aquéllos capaces de visualizar sentado en ese pequeño pupitre, a un futuro ingeniero, matemático, explorador, pintor, doctor, científico, arquitecto, escritor, por citar algunos, y en los estudios superiores continúan impulsando esa libertad de pensamiento que es fuente de desarrollo.

Palabras emotivas a sus alumnos de Jesús González Molina, maestro en la escuela primaria "Vicente Guerrero", los placeres del oro, guerrero.



“Un profesor trabaja para la eternidad: Nadie puede predecir dónde acabará su influencia” (H.B. Adams)

Ser un buen guía para el alumno, va mucho más allá de un intercambio de preguntas y respuestas cuya finalidad parece ser sólo el poder obtener una fórmula adecuada para pretender evaluarlo, lo que apenas esboza la capacidad real del alumno, pues este sistema lo encasilla generalmente entre el ser merecedor de una calificación deficiente, regular, buena, muy buena o excelente, de acuerdo a los parámetros para ello establecidos, cuando realmente la verdadera educación no sólo cuantifica el nivel de conocimiento adquirido, sino que impulsa hacia él y permite elegir las áreas de interés y desarrollo personales, para lograr así una realización integral del ser humano.

En este sentido, el maestro está ahí para algo más que formular preguntas y dar solución a ellas, su verdadera misión es motivarnos a cuestionarnos una y otra vez el porqué de las cosas, un buen maestro es el que es capaz de sembrar en nosotros la necesidad de hacerlo, y nos invita a ir tras las respuestas, orientándonos en esa búsqueda.

En la formación académica de cada persona el papel que desempeña el maestro que por un periodo de tiempo funge como el principal promotor para encender en nosotros ese deseo por el conocimiento de algo en particular, es en sí mismo, un elemento relevante en la formación del ser humano. Gracias maestros y maestras, por robarnos una hora de diversión y convertirla en una experiencia de aprendizaje y disciplina, por hacer que valga la pena el esfuerzo cuando se ha comprendido la lección, por explorar en esas pequeñas cabecitas descubriendo así talentos y habilidades. ¡Qué satisfacción más grande la comprensión de una clase, cuando se gana un punto a la ignorancia y a la apatía por adquirir conocimiento y de este modo se van descubriendo las particulares áreas de interés!

Cada mañana durante el ciclo escolar se renueva la esperanza y se multiplican las posibilidades de que suceda, en ese entrañable espacio llamado aula, el milagro de la lección aprendida, de la transmisión de conocimientos; es ahí, en cada salón de clases, donde una persona, guiada por su vocación y entregada a la responsabilidad implícita en ella, es capaz de transmitir el interés por la ciencia, la cultura y las artes, que va mucho más allá del afán por recibir una calificación que trate de reflejar el grado de conocimiento logrado. La disposición para aprender revela el deseo por comprender del mundo lo que percibimos y poder así traducirlo con nuestras capacidades intelectuales.

Va nuestro reconocimiento para esos maestros y maestras especiales que nos enseñaron a delinear las primeras letras, a unirlas después formando sílabas para descubrir que éstas formaban, a su vez, palabras, que nos acercaron a los números, primero del 1 al 10 y así hasta llegar a jugar con ellos, dividiéndolos, sumándolos, multiplicándolos, que despertaron en nosotros el gusto por la lectura, que nos hicieron viajar sobre un mapamundi, conocer de nuestra historia a través de sus emotivos y documentados relatos, que estuvieron ahí durante nuestra formación siendo generosos y pacientes, que fueron aún más allá y nos hablaron de principios éticos y morales, que respaldan un proceder apegado a la justicia y al respeto por el ser humano, y que aderezaron con su ejemplo. Sobre su escritorio, de manera simbólica, deposito hoy una dulce y fresca manzana roja tal y como ellos, ahora lo entiendo, lo hacían diariamente cada vez que se entregaban generosamente a su tarea, a la par que nos era encomendada la propia. Tal vez a mi corta edad no supe apreciar lo que habían sembrado en mí. ¡Gracias a cada uno de esos inolvidables maestros y maestras, gracias por seguir su vocación y en esa medida, ayudarnos a encontrar la nuestra!


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