miércoles, 26 de agosto de 2015

Mi abuela

Mi abuela anunciaba las mañanas con un cuchicheo, al que recurrían las gallinas, mientras dispersaba, sobre sus cabezas, granos de maíz con el doble. 

Para el resto de la mañana, me quedaba con ese cuchicheo, que para mí era un terciopelo de hojas que se enganchaban al correr del aire, sin precipicios, sin ecos, tan sólo la suavidad de un habla sereno. Los matices de su voz eran los matices que alargaban el color del ciruelo en su propia rama. Mi viejita, mi abuela, tan callada y tímida, tenía, en su voz, el recorrer de las estaciones, pero solo una, el verano, podía copiar con la lluvia su forma de guardarse las distracciones.

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