miércoles, 13 de agosto de 2014

Día de las Chicoteras en Tlapehuala

Había llegado el día. Era mediodía y metió a bañarse. En el tocador de la casa de su madre esperaba una joven técnica en maquillaje que tenía la superficie del colchón de la cama llena de menjurjes, frente a un improvisado tocador que no era más que una desvencijada mesa con un espejo grande colgado a la pared, que ayudaría a la difícil labor de transformar en belleza algo casi imposible.
Salió del baño sin secarse el cabello. Fue al cuarto de sus padres e inmediatamente se sentó frente al espejo. La joven peinadora comenzó por depilar unas largas cejas que jamás fueron tocadas para darles forma, aplicó una crema limpiadora en el áspero rostro refrescándolo después con una loción de Láncome, alternaba las acciones en la cara con un manicure.
Fue bastante generosa con el corrector de imperfecciones para la piel y comenzó a sombrear los ojos que también fueron delineados para que se vieran más expresivos, según le aseguró la maquillista quien al ver el reloj de la pared comenzó a apresurarse y como pintora de arte abstracto aplicó rimel, rubor para las mejillas, quitó el excesivo brillo y delineó los labios con pincel y usó un labial color naranja.
—Ya está, puede ponerse el vestido y la peluca—dijo la joven al momento que recogía todo el conjunto de cremas y maquillajes.
En ese instante, en el corredor de la casa de tejas, sorpresivamente comenzaron unos redobles de tambor y tambora que junto a sonidos de trompetas, saxofones y trombones se preparaban para comenzar a tocar.
Junto a ellos se encontraban mujeres haciendo preparativos para elaborar grandes cantidades de aguas frescas. Unas rebanaban y picaban sandías, otras hacían trocitos a un montón de piñas y vaciaban separadamente a grandes tambos de plástico.
Había fiesta en esa casa y un ajetreo, en el patio había enormes ollas y cazuelas de barro con caldo de panza y frito, un tambo de metal en donde se cocía la barbacoa de un becerro sacrificado la noche anterior en ese mismo lugar, mujeres haciendo tortillas en un improvisado fogón con comal, parte del paisaje era la gran cantidad de moscas y perros con esperanzas vivas de tomar desprevenidas a las hacendosas mujeres.
La banda de viento con estruendo comenzó a tocar y una voz grave cantaba “Viva Dios que es lo primero, porque Él solo nos iguala, como es justo y verdadero le dio ciencia a Tlapehuala…”
Llegaban a la casa vecinos y amistades cargando enormes sandías. Otros, con piñas, tamarindos, melones y bolsas de azúcar. Por fuera, en la calle, un conjunto musical de moda tenía instalada toda su parafernalia para hacer su show, enormes bocinas y costoso escenario. Era un ir y venir de gentes, todo eso observaba Juan a través de la puerta, tenía puesta ya una peluca de un rubio intenso que contrastaba con su piel morena y le faltaba vestirse porque aún no decidía si un vestido completo o una escasa minifalda con blusa. En esa indecisión observando las prendas, entró al cuarto su esposa que no pudo contener la risa al verlo.
—Te ves bonita, ja, ja, ja,—dijo entre risas.
Y le apuró a que se vistiera. Afuera se encontraba su galán, listo para comenzar. Se trataba de un hombre joven, contratado para ser su pareja en la fiesta religiosa-profana del pueblo, ataviado con un grueso gabán y un ancho sombrero de palma, complementaban su vestimenta una antiparras oscuras y un fuste para caballo, unas barbas y bigotes pintadas con alguna sustancia negra que se desdibujaban con el sudor provocado por el fuerte calor de las tres de la tarde y el gabán encima.
Juan se decidió por la minúscula minifalda y una blusa top que permitía ver todo en su esplendor su abultado vientre, con un ombligo que con seguridad le cabía el dedo pulgar de un adulto y sobraba espacio.
Por fin salió del cuarto. Al verlo, todos los presentes regresaban a verlo y reían, algunos chiflaban como si se tratara de una mujer hermosa. Avanzó hasta donde estaba su galán dando pasos churriguerrescos, tambaleantes e inseguros como de niño con pañal abultado y es que las zapatillas lo sacaban de balance y aún así, agarró la mano a su galán y bajo un manteado en el patio de la casa, comenzó a zapatear unas rápidas notas musicales de La tortolita, ante risas de los presentes.
Con prisas, la madre de Juan le allegó un chicote de ixtle y siguió zapateando, huyendo como tortolita de tórtolo y se asestaban chicotazos.
Juan sentía una pena especial, le daba vergüenza y no. Vio cómo lo miraba su hijo de diez años, su esposa Marta, quien llegó con dos Coronitas bien frías, se tomó la cerveza de un jalón y así se las fueron trayendo, bailaba con más gusto, las zapatillas ya no le incomodaban, su galán lo abrazaba y él asumía su rol de pareja femenina.
El grupo musical comenzó a tocar, ellos salieron a la calle bailando la canción de El gavilán y después el Chúntaro style, otra parejas similares recién llegadas se unieron al baile, la gente los rodeaba, les chiflaban, gritaban “¡voy polla!” Y ellos se repartían chicotazos bebiendo cerveza tras cerveza.
Alguien avisó que era hora de que todas las chicoteras de los ocho fiesteros del pueblo se reunieran en el zócalo, la banda de viento comenzó a tocar para que las chicoteras y gente comenzaran a caminar rumbo a la plaza, y en cada esquina se detenían a bailar canciones como La del moño colorado y cumbias picarescas
Para ese momento, Juan bailaba y miraba a todos como en cámara lenta, detrás de ellos venía la gente y su familia, su esposa manejaba la troca del año que se trajo del norte y en la que traía los grandes tambos de aguas frescas que repartían entre la gente.
En el zócalo, a un lado del palacio municipal, coincidieron a bailar todas las chicoteras, gente y más gente, bandas de viento tocando cumbias, gustos y sones, algunas coincidían con la pieza más solicitada y entre el gentío, la música tocando “quítate el jum jum, que te lo quiero ver, qué bonito, qué bonito, vuélvetelo a poner…”

La mayoría de las chicoteras sufrían los estragos del alcohol, los chicotazos arreciaban, de entre la multitud jalaban a personas para que bailaran con ellas, iban de un lado para otro de la plaza ocasionando empujones y pisadas entre la multitud.
Al momento de estar cerca del templo, a un costado de la plaza, Juan dejó de bailar, se introdujo al terreno que ocupa el templo y al llegar a la puerta principal, se arrodilló y comenzó a recorrer la distancia hasta el altar principal donde se encuentra la imagen de su patrona del pueblo.
Al llegar ante ella comenzó a llorar y le dijo que había cumplido su promesa, que fue motivo de escarnio y burla, pero que con gusto lo hizo y que esperaba le hiciera el favor de que pasara rápido y sin peligro a los Estados Unidos, que no lo agarrara la migra. También que a su regreso allá, le llegara ya su tarjeta de residente para así poder venir más seguido a verla.
Salió del templo, abrazado de su esposa e hijo. Llevaba en las manos las zapatillas y la peluca. Llevaba, también, en su mente, la promesa de regresar el año próximo.