Resulta que un día, en pleno verano en el mero corazón de la Tierra Caliente —donde el calor es tan fuerte que hasta las iguanas piden sombrilla— llegó a una fonda local Don Pancho, un chilango de la Ciudad de México que se creía muy aventurero.
Estaba ya rojo como tomate asado, con la camisa pegada a la piel, pidiendo a gritos algo para refrescarse. Vio sobre la mesa una fuente llena de esos pilinques coloridos: las tiras de cuerito blancas y brillantes, el jitomate rojo, y las rajas de chile verde bailando en un caldito.
Él, sin pensarlo dos veces y pensando que había encontrado un 'ceviche' súper fresco, exclamó: "¡Ah, por fin algo fresco! Justo lo que necesito, ¡un cevichito!". Agarró una cuchara sopera y se sirvió una porción que daba miedo.
Se lo zampó de un bocado. Y claro, el caldito no era agua de melón: era una mezcla endemoniada de vinagre y puro chile jalapeño concentrado. El cuerito, aunque frío, es gelatinoso.
¡Hijo de su madre! El color rojo de su cara se volvió escarlata en un segundo. Los ojos se le pusieron como huevos fritos, enormes y vidriosos, y empezó a abanicarse con las manos como si estuviera echando aire a un comal. De su boca no salían palabras, solo un silbido mientras trataba de tragar sin quemarse.
"¿Qué pasó, Pepe, te refrescó?" le preguntó el dueño de la fonda, riéndose.
Él, tosiendo y con lágrimas en los ojos, solo pudo decir entre jadeos: "¡Pendejos! Pensé que era ceviche... no el infierno envasado. ¡Siento que me sale vapor por las orejas!". Todos soltaron la carcajada.
Desde entonces, Don Pancho sabe que en la Tierra Caliente, si algo está frío pero tiene chile verde, te va a calentar más que el sol de mediodía, y que los 'pilinques' no son para calmar la sed, sino para probar tu valor.

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