sábado, 28 de febrero de 2026

Fuerte como mi tierra Caliente


Mira ese cerco torcido, hecho con palos desiguales, amarrados con alambre viejo. No es perfecto. No es elegante. Pero sigue en pie. Y en Tierra Caliente, eso ya es una declaración de carácter.

Dicen que la tierra aquí es brava. Que el sol no perdona. Que el arroyo crece cuando quiere y se lleva lo que encuentra a su paso. Pero también dicen —y eso no todos lo entienden— que quien aprende a vivir en esta tierra aprende a resistirlo todo.

Hace años, bajo ese mismo árbol inclinado, Don Julián decidió no irse. Muchos vecinos empacaron cuando las lluvias arrasaron con las milpas. Otros cuando la sequía rajó la tierra como si fuera barro viejo. Él se quedó. No porque fuera fácil, sino porque sabía que las raíces profundas no se mueven con cualquier viento.

Cada palo de ese cerco lo colocó con sus manos. No eran los más rectos. No eran los más fuertes. Pero juntos cumplían su función: marcar un límite, cuidar lo suyo, proteger lo sembrado. Así entendió la vida: no se trata de tenerlo todo perfecto, sino de sostenerse firme aunque el terreno esté lodoso.

Una tarde, su nieta le preguntó: —¿Por qué no lo haces derecho, abuelo? Y él respondió, mirando el arroyo: —Porque lo importante no es que se vea bonito, sino que resista la crecida.

En Tierra Caliente, la vida es como ese árbol que creció torcido buscando la luz. No se queja del suelo. No discute con la lluvia. Se adapta. Se aferra. Y florece cuando puede.

La lección no estaba en el paisaje. Estaba en la actitud.

Tal vez hoy tu camino también esté lodoso. Tal vez tu cerca esté chueca. Tal vez el arroyo esté crecido.

Pero si tus raíces son profundas, si recuerdas de dónde vienes y por qué empezaste, nada podrá arrancarte.

Porque en esta tierra aprendimos algo sagrado:

la fuerza no se presume… se demuestra resistiendo.

Y como ese cerco humilde bajo la sombra del árbol, tú también puedes mantenerte en pie. 🌿

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